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La lección del pasado que no se quiere aprender

En homenaje a quienes todaví­a sueñan con un proyecto nacional que nos una.

 

No sé si los extremos se tocan, pero estoy seguro de que se necesitan  mutuamente. Uno sirve de pretexto y alimento al otro, y viceversa. Y cuando entre ambos dominan la escena, no dejan lugar para nadie más: reina el sectarismo maniqueo.


En el plano internacional, la técnica de dividirnos sin atenuantes ni matices entre ángeles y demonios es un viejo truco de EEUU. “En la lucha contra el comunismo no hay lugar para la neutralidad”, proclamó sectaria y maniqueamente John Foster Dulles, en la reunión de cancilleres americanos de 1950 en Caracas. Se iniciaba la  guerra frí­a. Contra Irak fue la “cruzada” del eje del bien contra el del mal. Comenzaba la guerra por asegurarse el petróleo. Contra Irán será…
 

Para acallar las crí­ticas ante las bárbaras polí­ticas de “limpieza étnica” que aplica contra los palestinos, la dirigencia sionista de Israel hace otro tanto: para ellos, quien no los apoya incondicionalmente y calla sus tropelí­as es un nazi antisemita (si pertenece a los  “goim”) o es un “judí­o de mala conciencia” (si su mamá le transmitió la religión del Antiguo Testamento y del Talmud). No soportan  crí­tica alguna. Con ellos, o contra ellos.
 

En nuestro paí­s conocimos ese perverso escenario maniqueo hace algunos años. Lo inquietante es que, al parecer, nos estamos introduciendo en el túnel del tiempo.
 

Veamos.
 

Entre el 1º de julio de 1974, en que murió Perón, y el 10 de diciembre de 1983, en que nos libramos de la dictadura militar, los argentinos pací­ficos vivimos prisioneros y excluidos de la tarea polí­tica por los violentos y sectarios. Sólo hablaban las metralletas: las de los pocos guerrilleros que quedaban en actividad al 23-3-76, y las de los genocidas (disfrazados de Triple A primero, y a cara descubierta luego). El resto de los argentinos, que no tení­a ni usaba metralleta, aspiraba a continuar construyendo en paz un proyecto nacional común. Pero fueron (fuimos) barridos de la escena por los violentos. No habí­a lugar para nosotros.
 

Es que, siempre, los que permanecen al margen de cualquier extremismo son la inmensa mayorí­a, pero la dialéctica sectaria y maniquea no les deja lugar habitable. “Quien no está conmigo está contra mí­”, les enrostran las metralletas de ambos lados. Y ya se sabe que, cuando hablan las metralletas, las primeras ví­ctimas son la verdad y la racionalidad. La siguiente es el paí­s.
 

Mucho me temo que hoy estamos en camino de repetir esa dolorosa experiencia. No ya con metralletas, pero sí­ con billetes de banco. La racionalidad, asi como el proyecto nacional, no tienen espacio ni siquiera en el debate público.
 

Viene al caso comentar las respuestas que he recibido con motivo de los dos mensajes que envié a la Red sobre la nena “desaparecida” por “desaparecidos”. La mayorí­a fueron sensatos, afortunadamente. Pero hubo otros (demasiados, creo yo) que cayeron en el maniqueí­smo sectario.
 

Permí­taseme un muy sintético recuerdo del asunto:
 

a)- Una nena “desapareció” de Lago Puelo, Chubut, en 1973. Se la llevaron de su hogar dos misioneros católicos, que no eran ni nunca fueron guerrilleros, pero se la llevaron, y en  el Registro Civil figura una adopción sospechosa.
 

b)- Esos misioneros eran colaboradores de dos sacerdotes socialmente sensibles (y nada más), junto con otros jóvenes (entre ellos, la hija de Emilio Mignone que, doy fe, era una muchacha idealista). Y por ese “delito” fueron “desparecidos” por la Dictadura en 1976. Es decir,  hubo “desaparecidos” de ambos lado.
 

c)- Cuando la sobrina de la nena “desaparecida” comenzó su búsqueda, los organismos oficiales y privados que dicen defender los derechos humanos no la ayudaron; y la propia presidenta de las Madres-Lí­nea Fundadora, y madre a su vez de la misionera presuntamente “desaparecedora” de la nena en 1973, no quiso intervenir como era su deber. Esto último es lo que crea la mayor sospecha sobre la conducta de su hija y su yerno misioneros, y demuestra hasta qué punto hay intereses de por medio en  este “negocio” de los derechos humanos. De otro modo, ¿cómo se explica la pasividad de la presidenta de las “Madres Fundadoras” ante un caso que entraba de lleno en sus funciones?
 

í‰sos son los hechos, tal como he podido constatarlos. ¿Por qué entonces defenderse argumentando que fue peor la conducta de los genocidas? Ya lo sabemos, pero ello no cambia la verdad de los hechos, ni excluye la posibilidad de que el secuestro de la nena en 1973 haya sido real.  ¿Para qué recordar (asumiendo que fuera cierto) que la misionera “desaparecedora” predicaba el dislate de que “el primer comunista fue Jesús? Aunque fuera real tal disparatada prédica, eso no significa que estuvo justificada la “desaparición” de la misionera y su esposo en 1976.
 

Lo que ocurre es que los maniqueos no aceptan la gama de los grises, de los tan humanos grises: para ellos no hay matices, todo debe ser blanco o negro. Y quien, en 1972/76 no era guerrillero, automáticamente pasa a ser genocida para los neo-maniqueos, y viceversa.
 

Aquellos años fueron terribles. No deseo que las nuevas generaciones experimenten algo semejante. A mí­ me tocó “en suerte” ser condenado a muerte por la conducción de Montoneros y por la del ERP, debido a que defendí­ la reforma del Código Penal que envió el Poder Ejecutivo (Perón, en concreto) en diciembre de 1973, luego del asesinato de Rucci. Y en la madrugada del 24 de marzo de 1976 (sólo un año y cuatro meses después) fui tomado prisionero por los jefes del Proceso Militar, y quedé “chupado” “a disposición de las Fuerzas Armadas”, por haber defendido hasta último momento la estabilidad del gobierno constitucional de la viuda de Perón. Es un buen ejemplo de lo que vengo afirmando. El aire respirable era sólo para guerrilleros y genocidas.
 

Reflexionar hoy sobre las tonterí­as o atrocidades que cometieron ambos grupos de violentos es suficiente para ser acusado de sostener la tesis de los dos demonios.
 

Creo que demonio, demonio en serio, hubo sólo uno: el terrorismo de Estado. Pero no es sensato negar que hubo dos extremos amantes de la violencia, que querí­an  y buscaban hací­a tiempo enfrentarse en el campo de batalla sin terceros “molestos”, con la intención de aniquilarse mutuamente. Por eso, ambos bandos trabajaron para desestabilizar al gobierno constitucional: necesitaban sacarlo de la escena para librar entre ellos dos, frente a frente, la madre de todas las batallas… absurdas. Ganó el que tení­a el garrote más largo, o la metralleta más mortí­fera.
 

í‰sa es la realidad insoslayable. Abunda la documentación de ambos lados (y del lado de la sensatez también) que prueba lo que afirmo. A ese extremo llevan los  maniqueí­smos sectarios. ¿Queremos repetir la tragedia?
 

Y, entrando ya en el terreno de la realidad polí­tica actual, ese maniqueí­smo malsano está apareciendo progresiva y peligrosamente en estos tiempos en que el presidente inventa un enemigo por dí­a para ganar popularidad, y se pelea con quien le venga en  ganas, así­ sea una diputada que osa no obedecer, el vicepresidente a quien se le ocurre pensar distinto, una reina extranjera que viene a visitarnos, el presidente de un paí­s hermano o el carnicero de la esquina.
 

Para justificar esa conducta sectaria y caprichosa, se echa mano al maniqueí­smo de siempre: “o yo, o la década del 90”, como si no hubiera otra posibilidad. Con demasiada frecuencia estoy recibiendo mensajes electrónicos de sitios web, o de compañeros a tí­tulo individual, en los que el maniqueí­smo también impone su impronta. Para atacar a Kirchner, se defiende al Proceso Militar. Para defender a  Kirchner, se lo  compara con Menem. Y ahí­ termina, para ellos, el panorama polí­tico de la Argentina.
 

La “izquierda” ataca  a la “derecha” y ésta contraataca a la “izquierda”, en un juego tan sectario como falso. Al final, los excesos de esta tan particular “izquierda” (suponiendo que el actual fuera un presidente de “izquierda”), al igual que en 1972/76, están  abonando el terreno para que, cuando llegue la hecatombe (que llegará como sucedió con Menem), suba un gobierno de “derecha”. Un extremo alimenta al otro, y luego se devuelven el favor.
 

Mientras tanto, los que queremos construir en unidad un nuevo proyecto nacional común a todos los argentinos, corremos el mismo riesgo de 1973/76: ser el jamón del sándwich.  
 

Ante esta situación, vale preguntarse: ¿es consciente el gobierno de que, con sus actitudes arbitrarias, agresivas, prepotentes (basadas no en las metralletas, pero sí­ en una inmensa Banelco de fondos públicos usada discrecional e impúdicamente) está fomentando una nueva y peligrosa encrucijada nacional? Esa prepotencia, que desprecia la Constitución, las leyes, las normas de convivencia civilizada y aún el protocolo universalmente respetado, es semejante a la que manifestaron los maniqueos de ambos lados en 1973/76. La diferencia es que hoy  es unilateral y a punta de billetes de banco. Pero el daño es el mismo: la disgregación de la sociedad nacional, que anula toda posibilidad de construir un proyecto en común.
 

Aspiramos a algo mejor. 
 

Buenos Aires, 12 de mayo de 2006.
 

Juan Gabriel Labaké

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