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Principal > Opinión > De Terceros > Mentalidades antiliberales >
Mentalidades antiliberales

El brillante economista Ludwig Heinrich Edler von Mises sostení­a que el asunto es siempre el mismo: el gobierno o el mercado. No existe una tercera solución. Los gobiernos devienen en liberales únicamente cuando los ciudadanos les obligan a serlo. Ahora bien, me hago las siguientes preguntas en torno al deseo de los ciudadanos de ahora y de siempre: ¿desean tener gobiernos liberales?, ¿rechazan delegar en los gobiernos y sus burocracias la gestión de sus propios asuntos: educación, salud, jubilación, caridad?, ¿aceptan limitar las actividades de gobierno únicamente para respetar y garantizar sus vidas, libertades y propiedades privadas?. A mi pesar la respuesta es negativa. En su gran mayorí­a la ciudadaní­a persiste en sus percepciones anticapitalista y antiliberales arrastrados por la antipatí­a manifiesta de los intelectuales y los medios de comunicación hacia el Estado mí­nimo.

Podrí­a matizar esta última afirmación diciendo que en el Reino Unido ha existido a lo largo de su historia una mayor reticencia a la omnipresencia gubernamental que en la Europa continental, o que los ciudadanos de Estados Unidos de Norteamérica son más reacios a pagar impuestos que los españoles o alemanes y por tanto son más libres. Además es un hecho patente el fracaso de los regí­menes económicos centralmente planificados en el mundo de las ideas y en el mundo real, pero aún nos queda por erradicar en las mentes y en la práctica muchas actuaciones de gobierno intervencionistas que siguen limitando la libertad de la acción humana. Resentimiento, envidia, ignorancia, desconocimiento de la naturaleza humana y de la ciencia económica, engaño, educación pública, miedo y autoritarismo son las causas del rechazo ciudadano a darse mayores cuotas de libertad y, por tanto, a asumir mayores responsabilidades en sus vidas.

Es paradójico que la opinión pública internacional desapruebe, condene y castigue las actuaciones de la dirigencia gobernante de forma permanente pero que a su vez persista en sostener la intervención de los gobiernos en nuestra convivencia y cooperación social como único mecanismo para dar solución a la pobreza, la situación sanitaria, la educación o la infraestructura de nuestros pueblos. La mayor parte de los ciudadanos pierden de forma cí­clica la confianza en sus polí­ticos y gobernantes en cuanto a su eficacia en la gestión de los recursos públicos, sin embargo, se empecinan en no aceptar o desconfiar de los mecanismos de mercado para resolver los ¨desarreglos¨ sociales y económicos de un paí­s.

Friedrich August von Hayek ha investigado los orí­genes de la mentalidad anticapitalista desde la Grecia clásica, en la Edad Media, en la doctrina de la Iglesia Católica e incluso en la mala conciencia de la burguesí­a. Desde siempre la ética del capitalismo o del mercado ha tenido menos adeptos o menor atractivo que la ética del socialismo. Una sociedad capitalista va haciéndose camino de forma espontánea a fuerza de cada una de las trayectorias que van marcando cada individuo en libertad. No hay idea preconcebida ni guión preestablecido, no hay modelo de hombre ni de sociedad al cual se subordinen los individuos en su andar, en un proceso abierto de libertad. De allí­ se entiende que el estado natural del hombre es la pobreza y que necesita esforzarse mucho y ser muy creativo para salir de esa situación. Thomas Hobbes afirmaba que la vida en el estado natural es solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve.

Cuanto mayor sea el capital de cada persona, mayor será su nivel de riqueza que se extiende al resto de la sociedad. Ahora bien, el capital no es un don gratuito de la naturaleza sino fruto de la restricción del consumo y la creación de ahorro.
 
No obstante, el capital por sí­ solo no erradica la pobreza pues se disipa si no viene acompañado por un ahorro inteligentemente invertido para incrementar la productividad. Las mentalidades socialistas hablan con gran suficiencia del derecho de todos a tener trabajo, educación, salud, vivienda, alimento y tantos otros derechos recogidos en prácticamente todas las constituciones nacionales y supranacionales. Conseguirlos es función del enorme esfuerzo y del tiempo asignado por cada individuo y no por el Estado que se convierte en un mero recaudador de impuestos y pésimo gestor de la ¨cosa pública¨. El único remedio que proponen los socialistas, socialdemócratas o antiliberales es siempre el mismo, el ¨Estado de Bienestar¨ y siempre ha sido peor que la ¨enfermedad¨ pues al intentar asegurar aquellos derechos constitucionales a través de los impuestos y transferencias de ingresos, desincentivan el consumo, el ahorro, la formación de capital e inhiben el incremento de la productividad.

Ya es hora de pasar a fórmulas de gestión más creativas e innovadoras que sean más afines a la economí­a de mercado y llevadas a cabo por la sociedad civil. No es posible seguir justificando las ineficientes actuaciones de gobiernos y burocracias incompetentes e irresponsables que no reciben el castigo merecido.
 
Quienes pregonan las virtudes del gasto social por parte del Estado no comprenden que aquellas sociedades que tienen menos gasto social son aquellas en las que existe más riqueza, más trabajo y mayor responsabilidad de los individuos en los asuntos importantes de sus vidas; es decir, son aquellas sociedades que ponen menos trabas al libre juego de las fuerzas del mercado que es el único camino a través del cual el hombre progresa.


Ignacio Delfino Piccolini

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