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Sobre una balsa en medio de un huracán

Sobre una balsa en medio de un huracán
Por Marcelo D. Ferrer
 
Hemos creí­do nuestra responsabilidad advertir sobre el curso de la economí­a mundial y el modo en que el cambio de su tendencia afectará a nuestro paí­s. El gobierno debe tomar acciones de inmediato; proseguir en el curso actual producirá graves consecuencias a la ciudadaní­a.
 
La economí­a mundial ha iniciado un ciclo de contracción que se anuncia, de entre tantos otros modos, con la aguda caí­da de los mercados bursátiles; esto ha provocado entre los inversores importantes pérdidas. A ello debemos sumar la inexorable caí­da de los valores inmobiliarios tanto en la Euro zona como en Estados Unidos, la carestí­a de la tasa de interés, una mayor iliquidez financiera internacional, el alza del costo de la energí­a, la inexorable caí­da del precio de los commodities agrí­colas y la consecuente caí­da del consumo mundial.
 
No se trata de un presagio, debe comprenderse esto. Es, simplemente, el inicio de un nuevo ciclo en el cual adquiere más relevancia la ganancia realizada, que la por realizarse. Esto es, un cambio en las expectativas que induce una obligada retracción de los agentes económicos.
 
Este cambio de expectativas reduce el marco de las relaciones económicas a un presente inmediato (dado que la proyección es incierta), conduciéndose la economí­a a un entorno de necesidades prioritarias que, desagregado de expectativas, afecta el volumen de las transacciones. Es por tanto, el cambio en las expectativas, el primer sí­ntoma de contracción económica, que luego se convalidará en la economí­a real. 
 
Menor envergadura de negocios se traduce en menor utilidad para las empresas, las que a su vez se ven afectadas por el incremento de sus costos: tasa de interés, energí­a, afectación en general de los í­ndices de productividad. Esta situación incide sobre sus polí­ticas de dividendos, lo que a su vez incide en la cotización de sus tí­tulos, lo que a su vez acota su financiamiento y reduce su capacidad de inversión.
 
La disminución de las utilidades de las empresas y un entorno de menor demanda interna y externa, incide en la recaudación tributaria de los paí­ses, los que a su vez se ven desfavorecidos por la carestí­a de la tasa de interés internacional. Esto disminuye los superávit o agrava los déficit presupuestarios.
 
Es sabido que gran parte del financiamiento de los déficit presupuestarios de los Estados Unidos son financiados por los superávit de otras naciones. Este equilibrio se pone en riesgo ahora. De mantenerse la proyección de los déficit americanos al alza y, de proyectarse, debido a la contracción de la economí­a mundial, los superávit a la baja, estos paí­ses demandarán menos dólares y tí­tulos del tesoro nacional norteamericano, haciendo que ello incida en su cotización. No creemos posible que los paí­ses pudieran absorber los excedentes financieros americanos incurriendo en déficit; y de hacerlo, no por largo plazo.
 
En este punto, debemos anexar un hecho crucial que viene de la mano de la tecnologí­a. Somos de la creencia que el comercio internacional discontinuará paulatinamente el uso de papel moneda en sus transacciones. Esto afectarí­a los í­ndices de monetización de la economí­a mundial.
 
De devaluarse más rápidamente el dólar, esto incidirá en su tasa de inflación y en la tasa de interés, afectando el poder adquisitivo de los consumidores americanos. Una menor presencia de esta comunidad en el mercado de consumo mundial, afectará más el ciclo de contracción de la economí­a mundial.
 
Obligadamente, Estados Unidos, deberí­a reducir su presupuesto, lo que agudizará su retracción económica interna. La circunstancia polí­tica de este paí­s es un hecho no menor a tener en cuenta para tal reducción presupuestaria. El estado de guerra de hecho y latente que mantiene en el Golfo de Pérsico, lo condicionan. Pero esta situación pudiera agravar todaví­a más el panorama de hacerse efectivas las amenazas de Irán de detener su producción de petróleo o, de darse inicio a una confrontación armada.
 
En otro orden, está la amenaza de pandemia de gripe aviar. Resulta impredecible tal circunstancia que, de desencadenarse, tendrá grave afectación económica.   
 
Lo que acabamos de expresar en un lenguaje que pudiera comprender el no técnico, se encuentra abonado por hipótesis sustentadas en cálculos extraí­dos de datos de la realidad.
 

Apelación a la responsabilidad del gobierno Argentino

  
Superávit.  A poner las barbas en remojo.
 
Nuestro superávit presupuestario fue y es insuficiente. Se logra en un contexto de extrema bonanza internacional y a partir de la mayor presión tributaria que el paí­s tuviera jamás (dejando de lado la economí­a formal e informal; puesto que si lo informal no se puso en caja ahora, difí­cilmente pueda hacérselo en un marco de escasez). Decimos que es insuficiente porque este ciclo excepcional de la economí­a internacional que ahora finaliza, debió haber sido mejor aprovechado desde el punto de vista del ahorro y la inversión.
 
El crecimiento Argentino se produce por impulso del consumo de excedentes logrados en este ciclo de bonanza internacional, aprovechando el ahorro y la inversión de los 90’. Sé que es antipático esto que digo para el grado de  ideologización que ha impulsado el gobierno de Néstor Kirchner, con el tiempo asumiremos la verdad. Este proceso de crecimiento inexorablemente se agotará cuando se queme lo último del combustible, y se reduzcan o desaparezcan los excedentes de diversa í­ndole que hasta ahora producí­a la bonanza internacional.
 
Debido a las causas del crecimiento –el consumo- y a la insuficiencia de ahorro e inversión para sostenerlo, lidiamos hoy con la inflación, y enfrentaremos mañana un ciclo de escasez con agudo impacto sobre el  ejido social más empobrecido.
 
Sin embargo, el gobierno produce un mentí­s tras otro agravando su responsabilidad futura, respecto del seguro reclamo que caerá sobre sus responsables cuando la crisis sea inevitable. Las cifras difundidas por el INDEC ayer y la abrumadora publicidad oficial difundiendo sólo buenas noticias, huelgan mayor abundancia a este respecto. La demagogia y la falta de previsibilidad conducen irremediablemente por malos caminos.
 
Sí­, la contracción de la economí­a mundial deprimiera en tan sólo 25% el precio de nuestros commodities, la explotación agraria se tornarí­a deficitaria, dado los altos impuestos a las exportaciones que el estado recauda a través de las retenciones.
 
En ese contexto, el estado se verí­a obligado a reducir tales impuestos; de no hacerlo, la situación del paí­s empeorarí­a en un corto plazo al abandonarse la siembra y proveerse a una mayor desocupación.
 
Frente a un gasto público creciente y la imposibilidad de gravar a la economí­a con mayores impuestos, la aparición de déficit es una cuestión de tiempo. De hecho, ya lo anuncian algunas provincias.
 
Pero todaví­a falta la cuestión energética. En cuestión de energí­a estamos cayendo al ojo de un embudo con el agravante de que, ahora mismo, es tarde para reencauzar la situación.
 
En otro orden, gran porción de nuestra economí­a se encuentra subsidiada. Si el estado, por una cuestión meramente presupuestaria, no pudiera ya sostener tales subsidios, esta circunstancia impactarí­a sobre los precios, y los precios impactarí­an sobre el consumo, y esto a su vez en los salarios y en el nivel de recaudación..., etc., etc.
 
El Presidente del Banco Central habla de reservas. Lo que no dice es cuánto nos cuestan. Un porcentaje apreciable de nuestras reservas las estamos debiendo al mercado interno y devengan el pago de intereses.
 
La brecha de sobre valuación cambiaria, vinculada esta al mercado de divisas, excede el ahorro nacional y los í­ndices de monetización de la economí­a. Esto es, producimos mas excedentes monetarios que los que la economí­a demanda. Ello obliga al Banco Central a neutralizar los excedentes con emisión de tí­tulos de deuda. Dado el contexto enrarecido de la economí­a, estos tí­tulos se renuevan cada vez a menor plazo y a mayor tasa. Todo ello sin tener en cuenta el cómo este desequilibrio cambiario ha influido sobre el salario real y la inequitativa distribución del ingreso nacional.
 
La parte de nuestras reservas que no respaldan deuda interna, son insuficientes para el volumen de nuestra economí­a y nuestra deuda externa.
 
Desde hace tiempo venimos advirtiendo sobre todo esto; desde cuando era posible la adopción de medidas urgentes que morigeraran las consecuencias. Sin embargo, el gobierno, por ignorancia o por inconsciencia, prefirió barrenar su ola de popularidad en desmedro del futuro. ¿Serí­a tarde si tomara razón ahora? ¿Le asistirá tal grado de grandeza en beneficio del bien común?

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