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Poderosas debilidades

La historia indica que aquellos gobernantes que concentraron la suma del poder terminaron cayendo en forma estrepitosa justamente porque trataron de disfrazar la debilidad estructural en la que se apoyaban con los ropajes de la prepotencia y el autoritarismo.

“Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces.” Dicho popular.

 

¿Será la desesperación por conseguir más poder la señal final de que no se tiene ninguno? ¿Será la necesidad de concentrar atribuciones sin lí­mite la pantalla con la que se pretende esconder una paupérrima debilidad?

 

El ingenio popular, muchas veces aplicado entre los amigos que alardean acerca de su vitalidad sexual, ha llevado a señalar la exacerbación de lo que se dice tener como la prueba manifiesta de lo que se carece.

 

Los analistas de la polí­tica argentina no dejan de repiquetear sobre la notable acumulación de poder que el presidente Kirchner ha logrado desde que llegó al gobierno por la ví­a de un minoritario 22% de los votos electorales. Sin embargo, en una carrera desenfrenada, el titular del ejecutivo no para de imaginar opciones para acumular más capacidades para operar sin control.

 

La pregunta que deberí­amos hacernos es si esa operatividad implica necesariamente la vigencia de un presidente poderoso. Los paí­ses que marcan el rumbo de la democracia civilizada -y que nadie dudarí­a en identificar como los más poderosos e influyentes de la Tierra-, deben someterse a mecanismos de compensación del poder, pensados, justamente, para dejar a salvo y defender los derechos individuales. Su verdadera fortaleza radica en la posibilidad de encarar acciones que resulten respaldadas por las otras expresiones de la soberaní­a popular: la Justicia y la Ley.

 

La historia de gobernantes que han concentrado la suma del poder no ha tenido horizontes extendidos. Como una prueba de que el virus que los infectaba era una debilidad estructural, la concentración los llevó a cometer más y más errores –cuando no horrorosas injusticias- y eso, los dirigió, obviamente a su propia caí­da.

 

El presidente omnipresente que grita e insulta cotidianamente, ¿está en condiciones de soportar tres meses de tapas adversas de Clarí­n o La Nación? ¿Su pretendida fortaleza se sostiene sobre pilares verdaderos que calan hondo en el sentir de la sociedad o, más bien, dependen del silenciamiento, y de la necesidad de estar detrás de cada crí­tica o de cada opinión para evitar que se expresen libremente y así­ mellen las estructuras de un castillo de naipes?

 

El gobierno dispone de quórum propio en el Senado y de una confortable mayorí­a en Diputados. ¿Para qué erizar los ánimos públicos para institucionalizar el gobierno por decreto y la posibilidad de que el Jefe de Gabinete (¿?) maneje a su antojo los fondos públicos del presupuesto nacional?

 

Por otro lado, la sociedad asiste al debate de ambos proyectos como si la discusión le pasara a cientos de kilómetros. No logra conectar esas aspiraciones presidenciales con un peligro concreto a los derechos de su vida cotidiana. La sociedad también es débil. No discierne con suficiente claridad el sistema de derechos, ni toma como una pérdida la entrega de libertad individual a los poderes públicos. Muchas veces ni siquiera es conciente de cuáles acciones del poder van en detrimento de sus garantí­as.

 

El sistema de instrucción pública manifiesta aquí­ un fenomenal fracaso. Muchas veces se le adjudica a la falta de educación la raí­z de muchos de los males de la Argentina. Pero, en esto, la educación de la buena persona –que básicamente debe seguir siendo una potestad hogareña- no tiene intervención: es la carencia de fundamentos cí­vicos básicos lo que debilita la fortaleza institucional de la sociedad. Ante esa debilidad y huérfanos de todo norte que les inspire una aventura individual, muchos argentinos optan por encumbrar a un mandamás, de quien suponen que tiene las respuestas para todas sus preguntas. Siendo ése su contexto, no dudan en endosar poderes exacerbados a ese personaje.

 

La suma de un gobierno débil con herramientas ilimitadas de poder y una sociedad sumisa e ignorante de una institucionalidad equilibrada produce una cadena de endiosamientos y caí­das en el nivel del gobierno y una serie de ilusiones y frustraciones a nivel de las personas.

 

¿Cómo salir de este cí­rculo vicioso? Los poderes públicos, que deberí­an reformar las señales que les llegan a los chicos en la escuela pública para que desde allí­ comiencen a comprender el funcionamiento balanceado del poder y la preeminencia de los derechos individuales, son los primeros interesados en que esto no cambie. Una sociedad compuesta de individuos concientes de sus derechos es el peor escenario para el mantenimiento de su poder. No les interesa que su poder sea efí­mero y que la propia debilidad de la sociedad -de la cual se valen para sostenerse- sea, a la postre, la causa principal de su propia caí­da cuando el ejercicio opresivo del poder no se traduzca en las respuestas que la gente espera. Sólo les importa cristalizar y disfrutar su cesarismo mientras dure.

 

Está claro que no es posible construir un paí­s estable en estas condiciones. Los logros económicos en los que muchos han pretendido justificar sus ambiciones hegemónicas cambian de manos sin que nadie logre consolidarlos. Quienes los desmerecí­an en su momento para hacer notar la debilidad institucional, no dudan en esgrimirlos como sus únicos argumentos cuando otros les achacan su desinterés por los principios republicanos.

 

Es la historia permanente de la Argentina, que de la mano de la ignorancia cí­vica de la sociedad no deja de fabricar déspotas con pies de barro.

Carlos Mira. economiaparatodos

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